Lejanos e insólitos, cubiertos de nubes y sembrados de flores, árboles, pájaros y mamíferos, los bosques montanos occidentales crecen en un lugar imposible: el flanco estéril de los Andes, la espina dorsal de Sudamérica que justo aquí, en el Perú, en sus laderas al oeste, tiene sus vértebras rocosas y grises, polvorientas y sin agua. Es justo lo contrario de lo que ocurre en sus laderas al este, donde llueve tanto y las pendientes reverdecen desde las cumbres hasta las extensas planicies de la Amazonía. ¿Cómo pueden ser tan distintos los flancos de una misma cadena montañosa? Es culpa del océano Pacífico, juez inconmovible a causa de la corriente helada peruana, o de la corriente de Humboldt, que impone como sentencia que los Andes sean desérticos al occidente mientras son fecundos al oriente.

El veredicto se cumple inapelable en el Perú entero, excepto en los bosques montanos occidentales, que se alzan al norte, en una margen de las regiones de Piura y Cajamarca, y en pequeñas extensiones en Lambayeque y La Libertad, siempre en altitudes entre 1800 y 3800 metros. Allí las laderas de los Andes, que deberían ser yertas, son un bosque frondoso y húmedo. Lo que ocurre son dos sucesos sorprendentes. El primero es que, en esa latitud más próxima a la línea del Ecuador, el océano aumenta de temperatura, lo que permite que el sol evapore sus aguas, forme nubes y llueva.
El segundo es que los Andes incólumes reducen su altura a lo largo de cientos de kilómetros, lo suficiente para que se abra una ventana en la cadena de montañas por la que soplan los vientos húmedos que llegan desde el llano amazónico y que, en todo el territorio del Perú, solo encuentran paso en el norte. Por eso los bosques montanos occidentales rebosan agua en donde todo es seco. Sus árboles son gigantes apacibles. Están cubiertos de musgos, helechos, líquenes, orquídeas y bromelias. Esa funda como de nido atrapa y filtra toneladas de lluvia, que sus barbas van liberando gota a gota.
La achupalla es muy común en el bosque montano occidental. Es el alimento preferido del oso de anteojos.
Los bosques montanos occidentales se benefician de las lluvias provocadas por el aumento de temperatura del océano Pacífico.
Solo los árboles de los bosques nublados del otro lado de los Andes soportan pesos similares. Aquí se encuentran especies vegetales como el ulcumano o diablo fuerte, la palma de cera o el cedro de altura. El suelo donde crecen también es insólito: la tierra pedregosa de las cumbres occidentales aquí se cubre de un tapete mullido y verde, plagado de insectos, anfibios, roedores y más y más flores con tallos que parecen de goma, blandos y carnosos, suaves, elásticos, reblandecidos por una humedad que no logra evaporarse y que hace germinar las semillas de una vez, cuando recién caen al suelo de musgo.
Estos bosques son un oasis del desierto en las alturas. En sus territorios hay árboles valiosos, y entre ellos se encuentra la única conífera nativa del Perú: el romerillo, el famoso pino andino que en el pasado despertó la codicia de los madereros ilegales y hoy recupera sus dominios en los bosques montanos. A su favor tiene la altura, puede llegar hasta los cuarenta metros, y el tamaño de su tronco puede ser temerario: tres metros de diámetro. Esconde, además, otras maravillas. Allí habita un mamífero de hocico con forma de pequeña probóscide, en eso comparable con los elefantes: el pinchaque, primo lejano del rinoceronte y también de los caballos. Esta gran bestia o danta andina es el único tapir que vive en las montañas, y es el más amenazado, al límite de la extinción. Se estima que su población asciende a 2500 individuos. Debido a su color sombrío, lomo ancho y cuerpo robusto, suele confundírsele con el oso de anteojos, que también deambula por los bosques al occidente de los Andes. Pero el señor de la última palabra en el bosque de los romerillos es el puma. A veces, una hembra con crías y el apremio suficiente puede cazar un tapir, doscientos kilos de una carne que los colonos juran mejor que todas.
El clima que los rodea es excepcional. Aquí, como en ningún otro sitio, se mezclan la humedad de la selva y el frío de la puna. El resultado es notable. Las ranas, algunas del tamaño de un fruto de aguaymanto, ocultan sus huevos debajo del tapete de musgo. Otras los incuban en las salpicaduras de aguas estancadas. Ahí, en las noches sin nubes, se refleja el cielo, estrellas entre colas de renacuajo. Los bosques montanos occidentales son un milagro, arriba del desierto transformado de pronto en una fronda fecunda y ruidosa.
Torito copetón (Anairetes parulus). Dos pequeñas plumas lo bautizan.