Al pie de los glaciares, a cientos de pasos de las cumbres sembradas de escarcha y de troncos de hielo, se planta el bosque más alto del Perú: el bosque altoandino. Solo unos pocos árboles son capaces de sobrevivir en estas lejanías, con tan poco oxígeno y arreciados por un frío que cae bajo cero durante las madrugadas. El más famoso de estos árboles es el queñual, cuyo nombre científico es polylepis, que en latín significa «cubierto de escamas». Su secreto de supervivencia es un abrigo, pero no cualquiera: el suyo está hecho de miles de láminas del grosor de las alas de una mariposa, superpuestas de tal manera que los vientos helados no logran congelar su torrente de savia. Llegan a ser tantas que el tronco, de madera durísima e inflexible, se vuelve suave y mullido al tacto.

Otro habitante de este gélido bosque es el quishuar, un árbol que se mantiene a salvo porque al reverso de sus hojas tiene un color blanco tiza que en las horas de máxima radiación gira para rebotar la luz del sol como si fueran espejos. Es una maravilla natural, como el tarapacana, también del género polypepis, que florece por encima de los 5000 metros sobre el nivel del mar.
De las veintiocho especies conocidas de polylepis, al menos catorce crecen en el Perú. Sus bosques son una rareza por su lentísimo crecer, y por los poquísimos que aún quedan. Ahora son arboledas que perduran al borde de precipicios o en laderas distantes, flanqueadas por rocas. Gracias a diferentes investigaciones, se sabe que las raíces del polylepis y sus tallos formidables intervienen en los ciclos del agua y que las sequías en regiones donde antes corrían riachuelos tienen que ver con su desaparición progresiva. El piso de los queñuales está cubierto de musgo en el que se hunden los pies y aflora un agua transparente. Allí vive un universo de pequeños animales, el ratoncito andino, por ejemplo, un marsupial que es todo un reto de estudio para los zoólogos, debido a sus hábitos excesivamente tímidos. Aunque eso no lo salva de ser una de las presas favoritas del gato del pajonal, casi del tamaño de uno doméstico, con frecuencia una fiera temida en estos bosques achaparrados.
Cotinga de mejilla blanca (Zaratornis stressemani). Forma parte de las más de 1800 aves del Perú y es endémica de nuestro país.
Todos, animales y plantas, están a merced de los cambios vertiginosos de temperatura. Al mediodía, el sol eleva el termómetro hasta dieciséis grados centígrados, pero en la madrugada el viento de las cumbres lo desciende hasta cero. Los animales se agazapan debajo de las piedras, o arriba de las ramas mullidas del polylepis. A veces, quien pasa raudo es el puma, capaz de realizar ágiles saltos de hasta seis metros debido al gran tamaño de sus patas traseras que actúan como propulsores. También sabe medir sus energías, especialmente en sus largas peregrinaciones hacia las cumbres siguiendo el rastro de las vizcachas y las tarucas, esos ciervos del color cenizo de las rocas, presas grandes que suele atrapar cada quince días, según tenga que alimentar a sus cachorros.
En tanto, en el suelo de musgo del queñual merodean pájaros que se alimentan de insectos. Son aves únicas que no vuelan a ningún otro bosque. Hay uno en particular cuyo silbido se escucha desde la cima del Huascarán, el nevado más alto del Perú: el pajarito de los queñuales. Otras más visibles, diminutas y cantoras aves son el torito de pecho gris, el churrete real y el tijeral blanco, pero serían hasta cien las aves que merodean el último estrato de los bosques montanos. Los nombres en diminutivo crecen en las frondas de estos árboles cuyas flores pequeñitas no brotan para que la beba alguna. Carentes de fragancia y de néctar, se las sirve el viento, que las poliniza mientras va y viene.
A pesar de las difíciles condiciones climáticas, en los bosques altoandinos es posible encontrar especies arbóreas.
Colibrí negro (Metallura phoebe). El macho danza para exhibir su plumaje a la hembra.